¿Qué es un “bigleaguer”?


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El término, claramente, traduce “ligamayorista” o “grandeliga” y obviamente alude a aquellos que han tenido la oportunidad de vestir en algún momento un uniforme de alguna escuadra de la MLB.

Hasta aqui, todo bien. Sin embargo, al igual que en notras disciplinas profesionales de la vida, subyace el pensamiento colectivo relacionado con la extensión que la denominación per se, trae implícito.

En la medicina, para ser médico es necesario transitar muchas etapas para finalmente recibir el título y, lo más importamte, el trato de galeno.

Igual pasa con los abogados, ingenieros, arquitectos y toda la gama posible de carreras que ameritan el cumplimiento de pasos específicos que devienen en un ejercicio autorizado y confiable de sus oficios en el área.

De allí que, un estudiante de primer semestre de medicina, ni pueda llamarse “doctor” formalmente ni mucho menos asumir el reto de operar un cerebro.

De allí que, un estudiante de segundo semestre de arquitectura, no pueda ser catalogado como arquitecto ni mucho menos llevar a cabo el diseño de una obra compleja.

De allí que, un estudiante de tercer semestre de ingeniería, no sea tratado como tal (ingeniero) ni esté preparado para edificar grandes proyectos.

De allí que, todos los profesionales del mundo, deben capacitarse y luego, a través de los años de ejercicio, orgullosamente puedan ser beneficiarios del trato atinente a sus estudios universitarios.

En los ejemplos anteriores, hablamos de uno, dos y hasta tres semestres, y todavía faltaría bastante para la “graduación”.

No obstante, en materia de jugadores de pelota, basta con que alguno haya tomado un turno y sea conocido de por vida como “el grandeliga”. ¿No existe, entonces, un parámetro simple que separe los que no han sido de los que si han permanecido lo suficiente como para recibir esa deferencia profesional?.

¿Debe ser considerado quien toma un turno en las mayores de la misma forma en la que se considera a quien tomó cinco mil?…

Creemos, definitivamente, que no. Incluso, hoy por hoy, entre los mismos jugadores se establecen esas diferencias.

Pudimos presenciar una conversación en la que un beisbolista que ascendió hacia el final de la temporada de Grandes Ligas, exigía, por su condición de “bigleaguer”, una habitación individual en las giras de un equipo en Venezuela (normalmente duermen dos por cuarto). Cerca estaba otro que ya llevaba algunos años ininterrumpidos con camisetas de elencos de la MLB. Al irse el solicitante, éste manifestó: “Mínimo un año debe estar un pelotero arriba para que aquí le den cuarto solo. A mi me lo dieron después de estar la temporada completa sin que me bajaran…”.

Si ellos mismos poseen sus códigos, ¿por qué los miembros de los medios nos empeñamos en darles a todos el rango que, por antigüedad,  se merecen unos pocos?.

Nadie duda del esfuerzo que debe hacerse para llegar a las mayores. Es un mundo competido en el que prevalecen la calidad, disciplina, empeño, tesón, salud y suerte… mucha suerte.

Nadie menosprecia a quienes llegaron y no pudieron mantenerse, pero el deseo de colocar a nuestra patria a la vanguardia de la producción de uniformados en la MLB, nos hace  pensar que, exaltándolos desmedidamente, contribuiremos a inspirarlos y a dejar sentado el ejemplo de que ,en la medida de que se lo crean, su rendimiento será ostensiblemente mayor.

Entre quienes día tras día “vendemos” de la manera más honesta posible la condición de un jugador de nuestro plantel, debemos incluirnos y punto. Después de todo, nuestra misión detrás de un micrófono, persigue el engrandecimiento de nuestro espectáculo y el planteamiento cierto de que hay mucha calidad en nuestros diamantes.

Ahora, ¿Hace bien a los muchachos hacerlos grandes antes de tiempo? ¿No deben quemar sus etapas (como los médicos, ingenieros, etc) para ser acreedores de su “título nobiliario” dentro de la pelota?…

Pensamos, sinceramente, que si. La época que vive el beisbol profesional venezolano atraviesa una peligrosa línea entre lo que desean ganar los jugadores y lo que realmente pueden pagar los planteles locales.

Ya se han mostrado peligrosas campanadas en relación al deseo de que el control de las contrataciones y manera de plantear transacciones cambie de manos.

Y… ¿son los jugadores de todos los días en las mayores quienes fomentan esos eventuales trastornos en las cadenas de mando?. Jamás he visto hombres como Ramón Hernández, Edgardo Alfonzo, Andrés Galarraga, Antonio Armas, Omar Vizquel, Kelvim Escobar  o Bob Abreu por nombrar algunos, detrás de algo distinto a una justa remuneración y un trato equilibrado a su nivel de “glorias nacionales”, que lo son y de verdad-verdad.

Ser jugador de beisbol profesional es una actividad profesional como cualquier otra, con la consabida exposición mediática de la que carece la mayoría de las que hemos nombrado en esta entrega.

Para bien de la pelota criolla y en claro beneficio de quienes pretenden emular a los grandes y ganarse el status de bigleaguer, debemos comenzar nosotros mismos por crear la matriz de opinión necesaria para que no se nos vaya de las manos el disfrute cualitativo de nuestro principal pasatiempo.

Lamentablemente, con un turno, no se es grandeliga en toda la extensión de la palabra. El término debe, necesariamente obedecer a un cúmulo de condiciones de permanencia y rendimiento en la máxima instancia del beisbol mundial. La lista de los que han llegado, es otra cosa.

Y esto, honestamente, no obedece sino al deseo de que, basados en pretensiones económicas derivadas del “cafecito” ligamayorista, se imposibiliten presencias atractivas del futuro de nuestro juego.

Afortunadamente, muchos están conscientes de ello y no abusan de su condición de recién llegados a la MLB, pero otros asumen que su contraprestación debe equipararse a la de astros ya establecidos en el mejor beisbol del planeta.

Si no cuidamos nuestro espectáculo, nos quedamos sin él. Ya todos están avisados (no por esta vía precisamente) y vendrán algunos cambios en el esquema de manejo de la LVBP para esta temporada.

¿Concuerda usted con nuestro planteamiento…?

Se ven cosas…

 

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